sábado, 8 de enero de 2011

Los inicios de la conservación de monumentos en Francia

La institucionalización de la conservación del patrimonio en Francia comenzó a finales del siglo XVIII, con los episodios ya relatados que desembocaron en la inauguración en 1795 del primer museo dedicado a los monumentos franceses, por Auguste Lenoir. Sin embargo esos esfuerzos por la protección de obras contrastaban con la venta de bienes nacionales en 1792, donde el Estado francés puso al alcance de manos privadas, que no excluían especuladores, muchas de las obras confiscadas con el fin de mejorar las finanzas gubernamentales. También hubo mucha destrucción de numerosos monumentos ligada a la expansión de las ciudades o a la instalación de las vías férreas.

Los cambios en el paisaje que se producían por la desaparición de esos monumentos, el traumatismo resultante pero también la nostalgia por la Francia del ayer fue lo que inspiró a Isidore Taylor, Charles Nodier y a Alphonse de Cailleux a publicar los “Viajes pintorescos y románticos por la antigua Francia”, una publicación ilustrada cuya primera edición de 1820 se dedicó a la Haute Normandie. Su propósito era valorizar los monumentos del país, consagrando cada volumen a una región específica.

Es importante mencionar el rol decisivo en la protección de monumentos que jugaron las sociedades científicas formadas por eruditos locales. En 1824, Arcisse de Caumont, asociado con Charles de Gerville, crea la Sociedad de Anticuarios de Normandía –que funciona todavía de nuestros días- con el objetivo de “buscar antigüedades y hacer estudios relativos a la historia nacional y a la conservación de monumentos”. (Gerville es el creador del concepto de “arte románico” que designaría, en términos sencillos, obras arquitectónicas que contienen arcos de medio punto y bóvedas de cañón corrido construidas entre los siglos V y XII. Crea un catálogo que clasifica formas artísticas de acuerdo a su cronología, sentando así las bases de la Historia del arte. Pero su noción de historia es una de progreso, de ciclos históricos, esa que considera que todo arte comienza con formas arcaicas, evoluciona hasta su cúspide clásica para luego entrar en una fase degenerativa.)

Diez años después Caumont crea la Sociedad francesa de arqueología, que igualmente se dedica al estudio y conservación pero no a la restauración de monumentos. Esta organización es la responsable de la publicación del “Boletín monumental” y del “Congreso arqueológico de Francia”, que cada año se centra en el estudio de una región. El impacto de esta sociedad fue enorme, generando organizaciones similares en todas partes del país que estudiarían y protegerían monumentos, llegando a veces hasta comprarlos. Por ejemplo en Gironde, la Sociedad Arqueológica de Bordeaux participó en la protección de los castillos de Blanquefort y Roquetaillade, este último restaurado por Viollet-le-Duc.

Desde 1819 el Ministerio del interior destina una parte de su presupuesto a los Monumentos históricos, pero es hasta 1830 que el ministro del Interior, François Guizot, crea el rol de Inspector de monumentos históricos cuyas funciones eran de armonizar los esfuerzos de protección del patrimonio entre los diferentes actores y crear un inventario de los monumentos a ser protegidos. Guizot se interesa en crear este inventario porque los monumentos permiten comprender la sociedad que las creó. Designa a Ludovic Vitet como primer inspector, seguido por Prosper Mérimée quien mantuvo ese puesto desde 1834 hasta 1860.

En 1835 Guizot crea el Comité de artes y monumentos, quien hace estudios e inventarios de los monumentos franceses y cuenta con grandes personalidades, entre ellas obviamente Vitet, Mérimée, Taylor, pero también se extiende a escritores como Victor Hugo, pintores, arquitectos y arquéologos.

Es hasta 1837 que se crea la Comisión de monumentos históricos, bajo la dirección del Consejo de edificios civiles que se encarga de controlar los trabajos que se realizan sobre estos designados monumentos. En 1840 aparece la primera lista de 1034 edificios que son clasificados bajo esta categoría, donde tienen un puesto importante los edificios de la Edad Media. El Comité de artes y monumentos era responsable de la publicación del “Boletín arqueológico”, que no tenía tapujos en juzgar e incluso condenar las intervenciones de la Comisión que muchas veces se encontraba en el lado opuesto de un mismo dilema de restauración. Esto es una particularidad del sistema francés de conservación donde se diferencian las tareas de inventario de aquellas de protección.

Sin embargo el personaje más emblemático de la restauración de monumentos en Francia es Eugène Emmanuel Viollet-le-Duc (1814-1879), quien tiene el mérito de haber sido el fundador de una escuela de restauración y de un estilo: el neo-gótico. Viollet-le-Duc es uno de esos arquitectos rebeldes del siglo XIX quien se rehúsa a entrar a la Escuela de Bellas artes porque se oponía a su sistema rígido. Su formación consiste en la experiencia que adquirió en los talleres de Jean-Jacques Huvé y Achille Leclère, pero son sus viajes por toda Francia e Italia que causan un gran impacto en él.

Le-Duc era un firme defensor de la Edad Media y del estilo Gótico, argumentando que es antes que todo un sistema de construcción y proporción (y no uno de decoración como se creía en la época). Creía que es un arte nacional, racional y laico. Nacional porque el Gótico se origina en Francia y en ese sentido es más lógico exaltarlo que el arte de la Antigüedad que es una exportación griega y romana. Es racional porque la ojiva, símbolo por excelencia del estilo, responde a la voluntad de hacer más altas las iglesias por motivos religiosos, pero también por razones de salubridad: para aumentar el volumen de aire en los edificios. Y es laico porque ve en la ojiva el símbolo de los combates de la Razón contra la Autoridad, de la burguesía contra el feudalismo y después de todo, los arquitectos del siglo XIII eran todos laicos.

Contra el sistema educativo de su época que imponía cánones de una Roma idealizada, Le-Duc pensaba que la forma de construir en Italia y en Grecia no era importable en Francia por razones como el clima o los materiales y consideraba que “la imitación irracional de formas extranjeras destruye la identidad nacional”.

Es el autor de numerosas obras, entre ellas los 10 tomos del “Diccionario razonado de la arquitectura francesa del siglo XI al XVI”, donde en la entrada “Restauración” enuncia: “Restaurar, la palabra y la cuestión son modernas. Restaurar un edificio no es mantenerlo, repararlo o rehacerlo. Es restablecerlo a un estado completo que pudo nunca antes haber existido en un momento dado”. Este acercamiento de llevar un edificio a un estado ideal condiciona la restauración de monumentos durante el siglo XIX, pero ya no es aplicable en nuestra época cuando se restaura únicamente si se tiene suficiente información sobre la obra en cuestión, limitándose a proteger y a cristalizar en caso contrario.

Viollet-le-Duc aprendería gran parte de su oficio siendo asistente de Jean-Baptiste Lassus en la restauración de la Santa Capilla, trabajo encomendado al arquitecto Félix Duban. Desde estos trabajos ya se empieza a ver que las restauraciones se acompañan de investigaciones previas. Con 26 años se le confía la basílica de Sainte-Marie-Madeleine de Vézelay, pero también sobresalen sus intervenciones en la basílica de Saint-Denis, el castillo de Pierrefonds, la ciudadela de Carcassonne y por supuesto, la catedral de Notre Dame de Paris, en la que trabajó de nuevo con Lassus.

Pero hablar de Notre Dame obliga a explicar la influencia transcendental de Victor Hugo, no sólo en la valorización de esta obra pero del arte medieval en general. DSC03493 Hugo (1802-1805) fue desde siempre un verdadero defensor del patrimonio, publicando en 1825 un panfleto contra los destructores de edificios de la Edad Media llamado “Guerra a los demoledores”. DSC03411DSC03420DSC03423 “Nuestra Señora de París”, publicado en 1831 (reeditado con ilustraciones en 1836) tiene como personaje principal la catedral; describe la ciudad en 1482, y hace un llamado a la protección del arte medieval que es escuchado por las élites de la época debido al éxito rotundo del libro. DSC03424DSC03425 DSC03427DSC03426Dos años después esboza el proyecto de rendir homenaje a los castillos medievales así como hizo con las iglesias en una novela que se hubiera llamado “Quinquengrogne”, nombre de una de las torres de cañón del castillo de Bourbon-L’Archambault, pero el proyecto no se realizó. En 1834 publicó “Literatura y filosofía mezcladas”, denunciando también destrucciones de edificios. Documenta sus viajes con textos y croquis, como por ejemplo los publicados en “El Rhin, cartas a un amigo”, “Viaje a los Pirineos”. En “Quatrevingt-treize”, publicado en 1873 retoma las intenciones de “Quinquengrogne” describiendo “La Tourgue”, inspirado en el castillo de Fougères. DSC03433DSC03434DSC03431 Así que la catedral era un proyecto determinante para Le-Duc y Lassus debido a su notoriedad. Ganan el concurso para su restauración gracias al informe que presentan al Ministerio de Cultos y de la Justicia, el estudio previo que comenzaron 3 años antes de iniciar los trabajos que sentaría las bases de lo que se consideraría una buena restauración: aquella que incluyera una observación exhaustiva de la arquitectura del edificio pero también una documentación adecuada, investigaciones históricas y arqueológicas. DSC03436DSC03438DSC03437DSC03485 DSC03442 Los arquitectos se niegan a utilizar materiales o técnicas contemporáneas en aras del respeto a los métodos medievales y a causa de la calidad dudosa de los materiales de su época. DSC03443DSC03444DSC03446DSC03455DSC03459DSC03463Sin embargo, a pesar de las investigaciones siempre se dieron interpretaciones, sobre todo en la decoración. Argumentando que la estructura era lo más importante Le-Duc se dio permiso de transformar la galería de los reyes de Judea en galería de los reyes de Francia. En las esculturas de las portadas aparecen incluso dos representaciones del arquitecto mismo; se le agregaron quimeras al edificio.DSC03473DSC03475DSC03479DSC03481Le-Duc sigue siendo una figura central en la cronología de la conservación, pero también es controversial justamente por todas esas licencias que se daba en las restauraciones que llevó a cabo. Es cierto que ya se tenía en marcha todo un sistema de valorización de edificios medievales, pero su personalidad, sus publicaciones y sus influencias, en arquitectos posteriores como Boeswillwald, o Anatole de Baudot que tendría a su cargo la primera escuela de arquitectura-restauración, la Escuela de Chaillot, además la exportación de sus teorías a otros países, serían claves para la forma en que se estudiaría un proyecto y se realizaría su restauración, a partir de entonces y todavía en nuestra época.

Bibliografía:

Christian Gensbeitel, Seminario “Restaurar el monumento medieval”.

Philippe Durand, Seminario “Arqueología general e inventario general”.

Marc Saboya, Seminario “Identidades nacionales en la arquitectura del siglo XIX: el caso de Francia entre 1820 y 1900”

Jean-Michel LENIAUD, Viollet-le-Duc ou les délires du système, ediciones Mengés, Paris, 1994

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